Los ojos de un niño

La semana pasada, el colegio a donde irá mi hija el próximo año organizó una actividad llamada “padrinillos”. Niños de cinco años del centro enseñaban a los nuevos alumnos las instalaciones. La actividad me pareció muy acertada. Por un lado, los “mayores” estaban felices de ser maestros por un día y por otro los niños de tres años empezaban a familiarizarse con su nuevo cole y sus futuros compañeros.

Me llamó especialmente la atención el cariño con el que los niños cuidaban a un pequeño en silla de ruedas. Cuatro alumnos le escoltaban e insistían en tirar de su sillita por todo el recorrido. Para ellos, era algo divertido tener un nuevo amigo que se movía en una silla con ruedas.

Uno de los principales motivos por el que escogí ese colegio para mi hija fue por su programa de integración de niños discapacitados. En cada una de las aulas de infantil se encuentra un pequeño con alguna discapacidad que por supuesto no le impide estar perfectamente integrado en su aula.

Los niños no entienden de discapacidades. Para ellos, estos pequeños son un compañero más de juegos. No sienten lástima, porque no saben porqué hay que sentirla, ni tienen más o menos cuidado del que tendrían con cualquier otro amigo. Y es precisamente esa naturalidad de los niños lo que favorece la integración. Si no reciben un trato diferente no se verán diferentes.

 

 

Este año se examinó de la PAU el primer niño con parálisis cerebral que había estudiado en el centro. Su director dijo muy acertadamente que si entre los compañeros del chico salía un arquitecto o un ingeniero, estos jóvenes tendrían especial cuidado con no poner ninguna barrera arquitectónica en sus proyectos. No hay mejor aprendizaje que la experiencia de lo vivido.

Cuando mi hija crezca espero que siga tratando a los discapacitados con la misma naturalidad con la que lo hacía de niña, y a ayudarlos con la misma ilusión y nobleza.

Macarena Orte